Desig de paper

“Ahora, a la vez que el resto de mortales duermen, el sr.
G. inclina sobre la mesa, clavando en una hoja de papel la
misma mirada que pocos instantes antes había fijado en
las cosas, esforzándose con su lápiz, su pluma, su pincel,
salpicando el techo con el agua del vaso, secando su pluma
con la camisa, impaciente, violento, activo, como si temiese
que las imágenes se escaparan, belicoso en su soledad. “
Charles Baudelaire
El pintor de la vida moderna

El papel es el núcleo germinal de las artes, de donde brota el imaginario esencial del creador. “Una reserva de imágenes y pensamientos”, como lo advertía Joseph Beuys, desde don-de materializar el universo mental y sensorial del ser huma-no. El laboratorio íntimo del espíritu, trampolín de los gran-des hitos plásticos desde el Renacimiento. Una intereacción conciliadora, a su vez, de la mirada antigua y la moderna, de la utópica y la recalcitrante. El papel es afín al artista ex-plorador, al experimentador, al evocador, al antropólogo, al comprometido. Solo ante la pizarra del espíritu, el creador intrépido ejercita, con furor y resguardo, en la antesala de la gran afirmación artística.
Ya lo había anunciado Cennino Cennini en su tratado Il libro dell’Arte: il disegno, el dibujo, es mucho más que un instrumento técnico: es también un espacio de proyección del alma. Palabras que reverberan en las puertas de una nueva era estética. No fue hasta el siglo de Fra Angelico, Uccello,
Piero della Francesca o Rafael, que el papel en blanco y su gran vasallo, el dibujo, no empezó a ocupar su lugar emé-rito dentro del panteón de las rtes. Una función de experi-mentación y dele formal, que con la emergencia del espíritu romántico, y el enaltecimiento del yo subversivo, le llevará a ocupar un espacio de aún más centralidad. Fijémonos en el caso de Goya: no es aislado ante el papel que el maestro aragonés funda clandestinamente la línea onírica europea en las series de los Caprichos. Asimismo, en los bocetos de Constable late su trazada expresiva medida al landscape, pioneramente en la historia del arte. Y en los pulcrísimos carnés de retratos de Ingres, donde se fija avant la lettrela mirada moderna, directa y psicológica.

Pocos decenios más adelante, Charles Baudelaire sacará la hoja en blanco del anonimato, y el reivindicará, por vía de su admirado Constantin Guys, como la disciplina selecta de la vida moderna, donde poder captar l’eternal dans l’instant, o canalizar la inquietud rebelde del pintor moderno. La hoja en blanco, en efecto, como parcela insurrecta. Una actitud inspiradora, sin duda, del gesto revolucionario de Pablo Pi-casso, cuando decide encolar hojas del cotidiano Le Figaro sobre algunas de las telas más celebradas del cubismo analí-tico. O los recortes de periódico desgarrados en la serie Merz por Kurt Schwitters, replegados en las turbulentas calles de la Berlín de entreguerras. E incluso un caso más cercano y determinante: los apiers-collage de Joan Miró, aceptados por el artista como uno de los instrumentos principales de su rebelión contra la pintura, en los años previos a la guerra civil. En una actitud trasmutada en plena posguerra por un Antoni Tàpies de veintitrés tres años en “La Cruz de papel”, pegando oblituaris dentro del perímetro de su primera cruz ideada, bajo tiras de papel higiénico.

 
El papel como furia subversiva, en suma, desde el primer no-vecientos, pero también en la más estricta contemporanei-dad. En la poética cartàcia de Antoni Llena. En las partituras ideáticas de Joseph Beuys. En promiscuidad archivística de Ignasi Aballí. En el cómic mordaz de Francisco Ruiz. O en las dos toneladas de papel de seda utilizadas por Christo para envolver el Reichstag alemán.

 

Es por todo este “sotobosque” artístico de excepción que celebramos que las galerías de la AGC se hayan vuelto a or-ganizar para vindicar el papel y las muchas técnicas y disci-plinas que se proyectan (el grabado, la acuarela, el dibujo, el cómic …). En tiempos de especialización y diáspora, aplau-dimos la convocatoria de una exposición coral, ecléctica, que concentre la variedad de disciplinas y momentos his-tóricos que convoca el papel. La función histórica del dibujo se encuentra plenamente representada con la galería Palau Antigüedades, y la colección de dibujos de la escuela valen-ciana del siglo XVII y XIX. Olga Sandoval presenta una cuida-da selección de obras de los siglos XIX y XX. La subversión vanguardista a través del papel se puede contemplar en la exposición colectiva de la galería Barbié, con una selección singular de obras desde Vasarelly a André Lhote, así como en una visión más cercana, en la exposición colectiva de Ar-tur Ramon y de Jordi Pascual, que reúnen artistas de de Tà-pies a Miró, pasando por Plensa o Salvador Dalí. Una intere-sante variante a la plástica catalana contemporánea (Amat, Hernández Pijoan, Saura, Luis Marsans) la encontramos en la galería A34, poniendo en diálogo las disciplinas del dibujo y de la fotografía. Una visión más onírica de posguerra nos lo acerca la galería Dolors Junyent, con la muestra dedicada al Dau al Set, con dibujos oníricos de excepción del momento brasileño de Joan Ponç. El dibujo contemporáneo es trata-do, en cambio, por la galería Eude, con el ingenio fresco e hilarante de Javier Mariscal, o Fina Olivart, con una selección de artistas internacionales vinculados a la ciudad de Barce-lona. Fernando Pinós y la galería Àmbit apuestan para la ex-posición monográfica explorando la obra de Miquel Paton y Rasero, respectivamente, mientras que la galería Paradís sis se decanta por la técnica del carboncillo en una exposición individual dedicada a Jaume María Casas. Y, the last but not the least, la galería Gothsland, que nos acerca a una visión más desconocida pero no menos sustancial del dibujo como es el cómic, con dibujos irónicos de la ciudad de Barcelona de segundo Esegé, uno de los representantes de lo que Te-renci Moix definió como la Escuela Bruguera de dibujo (del TBO en Pulgarcito, del mortadela al Capitán Trueno).

Larga vida #elpaperdelart

 

Albet Mercadé